El arte de habitar el centro: Cómo integrar nuestras polaridades en consulta

Publicado el 18 de septiembre de 2026, 12:31

Dra. María de Lourdes Arriaga Solar

Directora General del Instituto Gestalt de Puebla

Imagina un telar antiguo. Para que la tela nazca y tenga cuerpo, la lanzadera necesita viajar de un extremo al otro sin detenerse: si el hilo se queda trabado en la orilla izquierda, el tejido se arruina; si se apresura a la derecha sin tocar la orilla contraria, la trama se deshace. Tejer la propia vida requiere el viaje completo entre los dos bordes.

Sin embargo, a la consulta solemos recibir a personas que intentan vivir congeladas en un solo extremo de su telar. Llegan exhaustas, aferradas a una sola orilla como náufragos: quien aprendió a ser fuerte teme que un instante de ternura lo destruya; quien aprendió a responsabilizarse de todo el mundo cree que soltar el control es un acto de egoísmo imperdonable. La neurosis no es otra cosa que ese intento desesperado de existir usando una sola mitad del telar humano.

En la mirada fundacional de la Gestalt —inspirada en la indiferencia creativa de Salomo Friedlaender adoptada por Fritz Perls—, la salud no consiste en amputar un extremo para quedarnos con el «bueno». El equilibrio no es una postura rígida en una orilla, sino la libertad de cruzar el río tantas veces como la vida lo pida. Sanar es aprender a habitar el punto cero: ese centro fértil donde ninguno de los polos nos tiraniza.

En el trabajo clínico cotidiano, este viaje de integración se teje a través de tres movimientos fundamentales:

1. El cuerpo y la mente: De la torre de marfil a la raíz en la tierra

Muchos consultantes llegan habitando exclusivamente el ático de su mente. Explican sus heridas con una sorprendente precisión, teorizan sobre sus traumas y tienen un vocabulario psicológico impecable, pero están completamente desconectados del cuello hacia abajo. Sus emociones son conceptos, no sensaciones.

En el otro extremo, encontramos a quien vive atrapado en el desborde somático sin mapa: dolores difusos, taquicardia o nudos en la garganta que no logran traducirse en una necesidad clara.

  • El trabajo en consulta: El terapeuta no invalida la mente ni fuerza la catarsis física; tiende un puente. Interrumpimos suavemente el monólogo intelectual para invitar a la encarnación: «Mientras me cuentas esa teoría tan clara, ¿qué ocurre en tus hombros? ¿Cómo respira tu pecho?». Cuando la palabra desciende al cuerpo y la sensación encuentra un lenguaje, la mente deja de ser una carcelera para convertirse en la voz comprensiva del organismo.

2. Yo y el entorno: Ni disolverse en el otro ni amurallarse en el aislamiento

Esta es la polaridad de las fronteras. En un polo está la persona que vive en confluencia permanente, con las puertas de su casa psíquica abiertas de par en par: asume los estados de ánimo ajenos, dice «sí» cuando su cuerpo grita «no» y su identidad depende de no incomodar a nadie. Lo privado ha sido colonizado por la exigencia pública.

En el polo opuesto se atrinchera quien levantó un muro infranqueable: desconfía del vínculo, se basta a sí mismo y confunde la autosuficiencia con la libertad, pagando el precio de una soledad profunda.

  • El trabajo en consulta: La frontera de contacto no es una muralla ni una puerta rota; es una membrana viva que sabe abrirse para nutrirse y cerrarse para descansar. Ayudamos al consultante a saborear la intimidad de su espacio privado para que, al salir al encuentro del otro, no tenga que diluirse ni ponerse una armadura. La verdadera presencia relacional solo es posible cuando sé quién soy yo antes de tocarte a ti.

3. La balanza de la responsabilidad: Desarmar al tirano interno

La batalla interna más desgastante suele librarse en el terreno de la culpa. Por un lado está la sobre-responsabilidad: personas que cargan el bienestar de sus padres, parejas e hijos, sintiéndose omnipotentes y culpables de cualquier dolor a su alrededor. Por el otro está la pasividad del reclamo: esperar que el mundo, el destino o la pareja reparen lo que alguna vez dolió.

Por debajo de esta dinámica opera la clásica escisión gestáltica: el opresor interno (top-dog) con su látigo de deberes implacables, aplastando al oprimido (under-dog) que se defiende con el autosabotaje y el cansancio.

  • El trabajo en consulta: Integrar esta polaridad implica conquistar la soberanía del pensamiento. No se trata de volvernos indiferentes al entorno, sino de recuperar la verdadera habilidad de responder: «No eres responsable de lo que otros sientan o hagan con tu verdad, pero eres completamente soberano sobre el cuidado de tu propia experiencia». Desde aquí, el diálogo interno se transforma: cuando el consultante aprende a desobedecer los mandatos ajenos que se tragó sin masticar, puede comenzar a hablarse a sí mismo con una compasión lúcida y protectora.

Integrar polaridades no significa conformarse con un término medio gris y sin vida. Significa tener disponible toda la paleta de colores de nuestra humanidad: la firmeza y la vulnerabilidad, la capacidad de pensar y el coraje de sentir, el don de entregarse y el derecho sagrado a retirarse. Quien recupera sus dos orillas deja de temerle a la corriente y descubre que su propio centro siempre estuvo ahí, esperando ser habitado.

 

Referencias

  • Friedlaender, S. (1918). Schöpferische Indifferenz. Müller. (El punto cero y la indiferencia creativa como base del equilibrio organísmico).

  • Perls, F. S. (1969). Gestalt Therapy Verbatim. Real People Press. (La dinámica del opresor y el oprimido —top dog / under dog— y la reconciliación de polaridades).

  • Perls, F. S., Hefferline, R. F., & Goodman, P. (1951). Gestalt Therapy: Excitement and Growth in the Human Personality. The Julian Press. (Autorregulación organísmica y funciones del self).

  • Polster, E., & Polster, M. (1973). Gestalt Therapy Integrated. Brunner/Mazel. (El trabajo clínico con el abanico de polaridades en la vida cotidiana).

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