Dra. María de Lourdes Arriaga Solar
Directora General del Instituto Gestalt de Puebla
A veces recibimos en consulta a personas que llegan como una taza despostillada: basta sostenerla con cuidado, escuchar de dónde viene el golpe y ayudarle a reparar esa pequeña fisura para que vuelva a contener su propia vida. Pero hay otros días en los que abrimos la puerta y lo que entra no es una taza rota, sino un puñado de arena seca intentando no dispersarse con el viento. Si a ese puñado de arena intentamos aplicarle pegamento o exigirle que retenga agua con nuestras técnicas habituales, simplemente se nos escurre entre los dedos.
Todo terapeuta reconoce ese instante exacto en la sesión: las intervenciones clásicas, los ejercicios de toma de conciencia y los encuadres diseñados para flexibilizar la neurosis cotidiana se quedan cortos. La persona frente a nosotros no lidia con un conflicto común de ajuste, con una polaridad no integrada o con una dificultad para cerrar un ciclo. Enfrente se manifiesta una fractura estructural: un vacío arcaico o un dolor primario que no responde a la lógica del darse cuenta estándar.
En ese punto suele instalarse una emoción silenciosa pero paralizante: la frustración clínica.
Nos formamos, en gran medida, para acompañar a quien posee un piso relacional relativamente integrado; alguien capaz de dudar sobre sí mismo porque cuenta con un «yo» que, aun en el sufrimiento, sostiene la experiencia. En cambio, cuando atendemos el sufrimiento profundo —los trastornos de la personalidad, las organizaciones límite o el trauma temprano—, intentar aplicar recetas para la neurosis no solo resulta estéril, sino potencialmente iatrogénico. A quien tiene el fondo desgarrado no se le puede exigir que configure una figura nítida ni que sostenga una confrontación catártica. Donde no hay suelo, cualquier demanda de movimiento precipita al abismo.
Tres marcadores clínicos para distinguir la neurosis de la psicopatología profunda
Para orientar la mirada en el espacio del encuentro y ajustar la respuesta terapéutica, conviene identificar tres distinciones nodales:
- La permeabilidad en la frontera-contacto y el flujo del diálogo
- En la neurosis: El diálogo fluye con relativa plasticidad. Aunque la persona declare no saber cómo salir de su malestar, conserva el deseo y la disposición de aliviarse; escucha y asimila porque su frontera de contacto mantiene cierta porosidad. Es capaz de recibir novedades, considerar perspectivas distintas y reorganizar sus significados.
- En la psicopatología: La frontera de contacto ha perdido su elasticidad funcional, presentándose rígidamente blindada o fragmentada. El intercambio verbal no alcanza los niveles mínimos para una co-construcción dialogal; las palabras del terapeuta rebotan o se desvanecen sin metabolizarse, impidiendo que la novedad penetre en el campo.
- La vivencia del vínculo: Refugio frente a amenaza de aniquilación
- En la neurosis: El consultante acude motivado por la búsqueda de amparo, escucha y comprensión. La presencia atenta del terapeuta es recibida como un sostén que alivia la angustia y permite desplegar la vulnerabilidad sin terror a desmoronarse.
- En la psicopatología: La proximidad afectiva no calma; aterra. El contacto íntimo se vivencia como una intrusión invasiva o un riesgo inminente de disolución del sí-mismo. La mirada comprensiva del clínico puede percibirse con sospecha o vivenciarse como una exigencia asfixiante que activa defensas masivas de aislamiento o expulsión.
- El suelo de apoyo y la noción de sí-mismo
- En la neurosis: Existe una continuidad básica en la experiencia de existir. La persona experimenta contradicciones, culpas o angustias respecto a cómo vive o qué hace con sus elecciones, pero su sentido de identidad permanece anclado a un fondo histórico y corporal integrado.
- En la psicopatología: Lo que está comprometido es el sentido mismo de cohesión ontológica. El fondo relacional se encuentra fracturado; la persona no se pregunta únicamente qué decisión tomar, sino que experimenta un terror visceral a desintegrarse, perder el control de su realidad o desvanecerse en la nada si suelta sus defensas arcaicas.
Reconocer la frontera entre la neurosis y el dolor estructural exige que el terapeuta renuncie a la ilusión de la técnica resolutiva inmediata. En la clínica del sufrimiento profundo, la tarea primordial no consiste en movilizar lo estancado mediante intervenciones deslumbrantes, sino en encarnar una presencia reguladora, paciente y consistente, capaz de co-construir el suelo que la historia del paciente dejó desprovisto.
Referencias consultadas
- Francesetti, G., Gecele, M., & Roubal, J. (Eds.). (2013). Gestalt Therapy in Clinical Practice: From Psychopathology to the Aesthetics of Contact. FrancoAngeli / EAGT. (Aporta la comprensión fenomenológica y relacional de las psicopatologías como sufrimientos del campo y no como déficit intrínseco del individuo).
- Perls, F., Hefferline, R., & Goodman, P. (1951). Gestalt Therapy: Excitement and Growth in the Human Personality. The Julian Press. (Fundamento teórico de la frontera-contacto, sus funciones y los ajustes conservadores).
- Spagnuolo Lobb, M. (2013). The Now-for-Next in Psychotherapy: Gestalt Therapy Recounted in Post-Modern Society. Istituto di Gestalt HCC Italy. (Desarrolla el concepto del suelo relacional —ground— y el paso de la técnica individualista a la co-creación estética del contacto).
- Yontef, G. M. (1993). Awareness, Dialogue & Process: Essays on Gestalt Therapy. The Gestalt Journal Press. (Aborda con precisión los límites del modelo clásico del awareness frente a los trastornos del self y organizaciones límite).
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